Astarté y la posterior fragmentación de lo femenino
Antes de que las culturas del Mediterráneo comenzaran a separar lo femenino en categorías y funciones diferenciadas, existió una figura divina que reunía múltiples dimensiones en un solo cuerpo simbólico: Astarté.
Adorada en diversas regiones del antiguo Próximo Oriente, Astarté encarnaba simultáneamente la fertilidad, el deseo, la guerra, el poder político, la vida y la muerte. No era una diosa reducida a una función concreta ni a un rasgo específico. Su figura integraba dimensiones que más tarde serían separadas, clasificadas y jerarquizadas.
La figura de Astarté no surge aislada. Forma parte de una tradición religiosa más amplia del antiguo Oriente Próximo que comparte raíces con otras grandes diosas como Inanna, venerada en la antigua Mesopotamia, y Ishtar, su equivalente acadio y babilónico. Estas divinidades comparten atributos: el vínculo con el amor, la sexualidad, la fertilidad, la relación con el poder, la guerra y la soberanía. En ellas aparece una concepción de lo femenino profundamente compleja, donde el deseo, la ternura, la fuerza, la inteligencia y la política no se excluyen entre sí, sino que forman parte de un mismo principio vital.
Una práctica común en el Mediterraneo antiguo, era identificar las divinidades locales con las de procedencia, así que, es posible que una divinidad indígena, anterior a la fundación de Gadir, fuese reinterpretada como Astarté.
Con el paso del tiempo y las transformaciones culturales y religiosas del Mediterráneo, muchas de esas características o rasgos comenzaron a distribuirse entre distintas divinidades: la sensualidad en unas, la maternidad en otras, la sabiduría en otras más.
Lo que antes aparecía unido empezó a fragmentarse en arquetipos diferenciados. Esta fragmentación simbólica tuvo también consecuencias en la forma en que las sociedades comenzaron a pensar a las mujeres reales, clasificándonos en categorías basadas en la gestión que cada mujer hace de su propia sexualidad y se observa la tendencia a opinar sobre este rasgo como si fuera natural hacerlo, y definitorio, apareciendo separado del resto de dimensiones que conforman la personalidad completa de cada mujer. Además, con frecuencia, se sitúa jerárquicamente por encima de otras características o rasgos de la personalidad.
El resultado es una forma de clasificación que simplifica radicalmente la complejidad humana. La sexualidad femenina se convierte en un eje principal de interpretación pública, como si de ella dependiera el valor social de una mujer. Mientras tanto, otras capacidades y dimensiones —emocionales, intelectuales, afectivas o políticas— quedan desplazadas a un plano secundario.
De algún modo, esta lógica recuerda a esta fragmentación simbólica. Lo que una vez estuvo integrado en una figura compleja y múltiple termina dividido en compartimentos. La mujer aparece entonces escindida en categorías que la sociedad juzga y ordena: la recatada, la deseante, la maternal, la intelectual, la cuidadora.
Sin embargo, la experiencia real de las mujeres, como la de cualquier ser humano, no responde a esa división rígida. Las distintas dimensiones de la vida —deseo, pensamiento, afecto, cuidado, creatividad, capacidad organizativa— coexisten y se entrelazan constantemente.
Quizá por eso la figura antigua de Astarté sigue resultando sugerente como símbolo. No porque represente un modelo que deba recuperarse literalmente, sino porque recuerda algo que a menudo se pierde en la mirada social: la posibilidad de comprender lo femenino como una totalidad compleja, no como una suma de fragmentos jerarquizados.
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